El órgano que no deja de aprender

Lo que la neurociencia lleva décadas descubriendo sobre el cerebro.

Tienes en la cabeza algo que ningún ordenador del mundo ha conseguido replicar. Pesa poco más de kilo y medio. Consume la energía equivalente a una bombilla de veinte vatios. Y sin embargo, mientras lees estas líneas, estás haciendo simultáneamente docenas de cosas: procesar el lenguaje, recordar experiencias pasadas, regular tu respiración, generar emociones y, si algo te llama la atención, reorganizarte para aprenderlo. No lo sabes hacer a medias. Lo haces todo el tiempo, sin descanso, desde que naces hasta que mueres.

La neurociencia, la ciencia que estudia el sistema nervioso, lleva siglos intentando entender cómo funciona todo esto. Y lo que ha descubierto en las últimas décadas no solo es fascinante. Es útil. Directamente útil para entender por qué aprendemos, por qué olvidamos, por qué algunas experiencias nos cambian y otras se desvanecen sin dejar rastro.

Ochenta y seis mil millones de piezas.

El cerebro humano contiene aproximadamente 86.000 millones de neuronas. El número es tan grande que resulta casi imposible visualizarlo. Pero lo que importa no es el número: es lo que hacen. Cada neurona se conecta con otras miles, formando una red de una complejidad que los neurocientíficos no dudan en calificar de inimaginable.

Estas células no se limitan a transmitir señales como cables. Se comunican mediante sustancias químicas, los llamados neurotransmisores, que cruzan el espacio entre neurona y neurona mediante la sinapsis. La dopamina regula el placer y la motivación. La serotonina influye en el ánimo y el sueño. La acetilcolina participa en la contracción muscular, así como en la atención y la memoria. El glutamato activa las neuronas y el GABA es inhibitorio. Todo lo que pensamos, sentimos o decidimos es, en el fondo, química cerebral en movimiento.

Y el cerebro no trabaja en silos: funciona como un sistema integrado, no como compartimentos separados. Cuando decides comer una manzana, (ejemplo aparentemente trivial que la neurociencia usa para ilustrar procesos complejos), entran en juego el córtex visual, el hipocampo con tus recuerdos sobre ese sabor, el córtex prefrontal que evalúa opciones, la amígdala que pone peso emocional a la decisión, y el córtex motor que planifica y ejecuta el movimiento. Todo en milisegundos. Todo en paralelo.

El mayor mito sobre el cerebro.

Durante mucho tiempo se creyó que el cerebro era básicamente fijo. Que después de la infancia, las conexiones quedaban establecidas y poco podía hacerse para cambiarlas. Era una idea tranquilizadora, en parte, pero estaba equivocada.

Lo que la neurociencia ha demostrado es exactamente lo contrario: el cerebro cambia constantemente. Cada nueva experiencia, cada aprendizaje, cada hábito que construimos o rompemos deja una huella física en nuestra arquitectura neuronal. Esto tiene un nombre: neuroplasticidad. Y es, quizás, el descubrimiento más revolucionario que ha producido este campo en las últimas décadas.

La neuroplasticidad actúa de varias formas. Puede fortalecer o debilitar las sinapsis existentes, lo que nos permite aprender y olvidar. Puede hacer crecer nuevas ramas en las neuronas. Puede incluso generar nuevas neuronas en zonas como el hipocampo, esa región del cerebro que fabrica recuerdos. Y cuando una zona del cerebro sufre una lesión, otras áreas pueden, en algunos casos, asumir sus funciones.

El niño que aprende a hablar y el adulto que aprende a tocar el piano.

La neuroplasticidad alcanza su punto álgido en la infancia. Es por eso que los niños aprenden idiomas con una facilidad que a los adultos nos resulta casi injusta. El cerebro de un bebé expuesto a los sonidos del lenguaje va fortaleciendo las conexiones entre las áreas de Broca (lóbulo frontal) y Wernicke (lóbulo temporal); zonas responsables de producir y comprender el habla, a una velocidad que no se repetirá en ninguna otra etapa de la vida. Algo muy similar ocurre cuando un niño aprende a caminar: el cerebelo y el córtex motor se van ajustando, ensayo a ensayo, hasta que el equilibrio se vuelve automático.

Pero la plasticidad no desaparece con la adultez. Se ralentiza, sí. Aprender a tocar un instrumento musical o un segundo idioma a los cincuenta cuesta más que a los ocho años. Pero sigue siendo posible. Y los estudios son contundentes: los músicos tienen más materia gris en las zonas de procesamiento auditivo y motor. Los taxistas de Londres memorizan un mapa de miles de calles y tienen un hipocampo estructuralmente diferente al de quienes no ejercen ese oficio. El cerebro responde al esfuerzo con cambios medibles.

Lo que nos daña también deja marca.

La neuroplasticidad no solo opera en la dirección del crecimiento. El estrés crónico, por ejemplo, puede frenarla. La exposición prolongada al cortisol (hormona del estrés) inhibe la generación de nuevas neuronas en el hipocampo, con consecuencias reales en la memoria y en la capacidad de aprender. No es una metáfora. Es fisiología.

Esto tiene implicaciones que van más allá del laboratorio. El entorno en el que vivimos, las relaciones que construimos, los hábitos que cultivamos o abandonamos: todo eso está literalmente esculpiendo el cerebro. Cada vez que una persona aprende algo nuevo, cada vez que practica una habilidad, cada vez que duerme bien o hace ejercicio, está invirtiendo en la estructura de su propio sistema nervioso. Y cada vez que se instala en la ansiedad o en el sedentarismo también.

Un campo con historia y con futuro.

Conviene recordar que todo esto es relativamente nuevo. Hipócrates ya intuyó, hace 2.500 años, que el cerebro era el asiento del pensamiento. Pero durante siglos el conocimiento avanzó a trompicones. Fue en el siglo XIX cuando Broca y Wernicke demostraron que distintas zonas del cerebro tienen funciones distintas. Y fue ya en el siglo XX cuando llegaron las herramientas que lo cambiaron todo: el electroencefalograma, la tomografía, y sobre todo la resonancia magnética funcional, que permite ver en tiempo real qué partes del cerebro se activan mientras pensamos, decidimos o sentimos.

Hoy la neurociencia se proyecta hacia territorios que hace veinte años parecían ciencia ficción: interfaces cerebro-computadora para personas con parálisis, terapias personalizadas para la depresión o el Alzheimer basadas en el perfil neurológico individual, técnicas para acelerar la recuperación tras lesiones cerebrales. El horizonte es vasto y, en muchos aspectos, prometedor.

Por qué importa saber esto.

La neurociencia no es sólo asunto de médicos o investigadores. Es asunto de todos los que aprenden, enseñan, toman decisiones, cuidan a otros o simplemente intentan vivir mejor. Saber que el cerebro puede cambiar y que no estamos condenados por nuestras conexiones actuales es una información con peso moral. Nos sitúa ante una responsabilidad.

Hay algo extraordinario en el hecho de que el órgano con el que pensamos, sentimos y tomamos decisiones sea, a la vez, el objeto de estudio más complejo que existe y, en gran medida, siga siendo un gran desconocido. Llevamos siglos mirando hacia dentro y seguimos sin entenderlo del todo. Pero lo que sí sabemos es suficiente para cambiar la manera en que nos tratamos a nosotros mismos y al resto de personas que interactúan con nosotros.

El cerebro que lee esto no es el mismo que empezó el artículo. Algo ha cambiado, aunque sea en décimas de milímetro. Y eso, a su manera, es una noticia extraordinaria.

 

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