Vivimos en una era en la que los cambios no se anuncian: simplemente ocurren. La capacidad de dar sentido a lo que nos rodea —el sensemaking— se ha convertido en una de las habilidades más determinantes para cualquier profesional que quiera navegar, y no solo sobrevivir, en la complejidad.
Una de las consecuencias más visibles de los grandes momentos de ruptura —sean crisis económicas, transformaciones tecnológicas o cambios sociales profundos— es que nos obligan a reescribir muchas escenas de nuestro día a día, tanto en lo personal como en lo profesional. Hemos sido capaces de superar situaciones complicadas con esfuerzo y dedicación, y hemos salido reforzados de ellas. Pero lo que más exige el mundo actual no es valentía puntual: es la capacidad sostenida de dar sentido al futuro mientras este aún se está construyendo.
Lo verdaderamente desafiante no es el cambio en sí, sino su velocidad. Las transformaciones se acumulan a un ritmo que dificulta la adaptación. No siempre podemos ir al ritmo al que cambia todo. No siempre queda claro que seamos capaces de ajustarnos con la rapidez que exigen los nuevos paradigmas profesionales. Y es precisamente ahí donde el sensemaking se vuelve imprescindible.
En un artículo anterior sobre las habilidades del profesional del futuro, la primera de ellas hacía referencia a la capacidad de entender y dar sentido al mundo que percibimos, cada vez más globalizado, complejo y diferente. El sensemaking es exactamente eso: hacer preguntas de sentido para definir un propósito.
¿Qué es el sensemaking?
El sensemaking —o dar sentido a la realidad— pone en el centro a las personas: cómo percibimos y entendemos el mundo que nos rodea, y por qué actuamos de un modo u otro, habitualmente de forma automática e inconsciente. En la etapa que nos ha tocado vivir, saber cómo vamos a abordar las situaciones nuevas —no necesariamente difíciles— resulta de vital importancia.
«El arte del sensemaking radica en abordar las cosas no como problemas, sino como fenómenos.»
La consciencia situacional de las personas debe saber lo que ocurre para poder decidir qué hacer. Eso implica tener la capacidad de responder, al menos, a una de estas cuatro preguntas fundamentales:
¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué ocurre? ¿Qué ocurrirá si no actuamos? ¿Qué puedo hacer a partir de ahora?
Es, en definitiva, una comprensión mental del todo en una situación específica que afecta a las personas. No un análisis fragmentado, sino una visión integradora de lo que está pasando.
Estrategias de sensemaking
Las estrategias de sensemaking se orientan a dar sentido y resolver incertidumbres en plazos cortos, focalizándose en preguntas más que en respuestas cerradas. Las respuestas serán parte de la solución al fenómeno, pero nunca en su totalidad. Esa humildad epistémica es parte del método.
Durante décadas, las organizaciones buscaban personas preparadas para proyectos de resistencia a largo plazo, estructuras estables y planes plurianuales. Hoy se necesitan equipos capaces de operar en sprints de alta velocidad, redefiniendo el rumbo en tiempo real. Formarse en sensemaking es aprender a ganar velocidad sin perder propósito, a desarrollar estrategias sólidas en contextos fluidos.
Karl Weick publicó en 1995 el libro Sensemaking en las organizaciones (Sage Publications), obra de referencia en el campo. En ella argumentó que son las personas las que construyen su propia realidad dentro de la organización mientras adquieren un rol activo en el proceso de cambio de la estructura.
Los tres objetivos del sensemaking
1. Comprender el presente
Entender lo que ocurre ahora para poder determinar qué debemos hacer en el futuro. El presente bien leído es el mapa más fiable.
2. Activar la consciencia
Buscar el sentido de lo que haremos y ser conscientes de lo que hacemos de forma natural, para poder interrumpir muchas de las acciones que operan en piloto automático.
3. Sustituir rutinas obsoletas
Olvidarnos de las acciones repetitivas que han perdido sentido y reemplazarlas deliberadamente por las que hemos elegido en el objetivo anterior.
En el terreno profesional, quienes nos rodean —clientes, colaboradores, estudiantes— están cambiando continuamente su forma de pensar, sentir y actuar. Están en un proceso permanente de redefinir el sentido de su vida personal y profesional. Por eso resulta imprescindible modificar también nuestras formas de relacionarnos e interactuar con ellos.
Los orígenes teóricos del sensemaking
Los inicios del sensemaking se remontan a 1972, cuando Brenda Dervin inició la investigación teórica en el campo de la comunicación. No es hasta 1983 cuando empieza a denominarse formalmente así. Dervin propuso primero un análisis epistemológico que identificara tres funciones: la metateórica, la metodológica y la heurística.
La función metateórica es una teoría que se dedica al estudio de otra teoría —el qué. La metodología es el conjunto de técnicas empleadas para llevar a cabo una acción —el cómo. Y la heurística es una medida de la distancia entre un punto de partida y el objetivo —el cuánto. Pero faltaba investigar fenómenos —no problemas— enfocados a los usuarios —el quién. De esa necesidad nació el sensemaking.
Como señalaba Dervin, la humanidad y la realidad son a veces ordenadas y a veces caóticas. El conocimiento siempre está entre la mediación y la disputa. Y existen diferencias profundas entre la experiencia vivida y la observación externa. Es precisamente en esa brecha donde el sensemaking opera: ayudándonos a actualizar nuestra comprensión a la velocidad que los hechos exigen.
Las aplicaciones actuales del sensemaking son hoy un proceso que se aplica en áreas muy diversas del conocimiento y la práctica profesional. Su utilidad trasciende con creces el mundo empresarial original:
Donde antes preparábamos estrategias centradas en la experiencia de usuario en un entorno relativamente estable, hoy debemos hacernos preguntas más profundas: ¿Cómo ha cambiado la vida de las personas con las que trabajamos? ¿Qué puedo hacer a partir de ahora con la información que tengo? ¿Cómo le doy sentido a mis relaciones personales y profesionales en un entorno que no para de moverse?
Esas preguntas no tienen respuestas fijas. Tienen, en cambio, un método: el sensemaking. Y ese método empieza siempre en el mismo lugar —en la capacidad de mirar lo que ocurre sin la urgencia de encajarlo en lo que ya conocíamos.
Lluís Serra
Escribe sobre tecnología, habilidades profesionales del futuro y el impacto de la digitalización en las personas y las organizaciones.


