En los procesos de selección que he vivido, tanto como entrevistador como acompañando a equipos a tomar decisiones sobre talento, se repite siempre el mismo patrón: los candidatos explican todo lo que saben hacer, pocos cuentan lo que han hecho, muy pocos exponen los resultados obtenidos y prácticamente nadie comparte sus ambiciones reales.
Cuando llega alguien a una entrevista de trabajo, doy por hecho que tiene los conocimientos teóricos y las habilidades prácticas básicas para el puesto. Lo verdaderamente diferencial es la experiencia profesional: si ha realizado esas tareas antes, cuántas veces las ha repetido y qué resultados ha conseguido. Esa pregunta —¿cuántas veces lo has hecho?— revela mucho más que el año en que terminó el máster.
En muchas conversaciones he escuchado que «la experiencia te da los conocimientos y las habilidades». Tienen parte de razón. Pero, a mi modo de ver, el orden importa: primero adquirimos conocimientos, desarrollamos habilidades, y con la práctica repetida construimos experiencia. Y es esa experiencia la que finalmente genera resultados.
Conocimientos, habilidades y experiencia: tres conceptos distintos.
Conocimientos.El saber teórico sobre una materia. La información acumulada que nos permite comprender una realidad.
Habilidades.La capacidad de hacer algo correctamente. La aptitud para ejecutar una acción física, mental o social.
Experiencia.El resultado de poner en marcha conocimientos y habilidades de forma repetida hasta generar resultados.
Conocimientos.
Son el conjunto de saberes que tenemos sobre una materia o disciplina concreta. La acción de conocer supone acumular información para comprender una realidad mediante la inteligencia. Es un proceso de aprendizaje que, sumado a un conjunto de habilidades, nos permite interpretar y anticipar comportamientos. Los conocimientos son el punto de partida, nunca el punto de llegada.
Habilidades.
Es la capacidad de hacer algo correctamente y con facilidad. Una aptitud específica para desempeñar una acción concreta, ya sea física, mental o social. La neurociencia nos ha enseñado que tanto si desarrollamos una habilidad motriz como cognitiva, todos empleamos los mismos tres mecanismos cerebrales para cambiar nuestro cerebro:
- Práctica: la puesta en marcha de los conocimientos que refuerza lo aprendido. A veces, gracias a la práctica, se descubren conceptos que el estudio solo no revela. La acción continuada es la semilla de la experiencia profesional.
- Atención, concentración y retención: atender es seleccionar lo que consideramos importante. Concentrarse es focalizar esa atención. Retener es acumular lo aprendido para poder activarlo de nuevo. Sin estos tres elementos, la práctica no deja huella.
- Repetición: volver a hacer lo que ya se había hecho. Cuanto más repetimos algo, más lo interiorizamos, más lo mejoramos y más emociones generamos en torno a ello. Y esas emociones son, precisamente, la huella de una experiencia.
Experiencia.
Aquí está la clave de todo. La experiencia profesional no es el conocimiento de algo ni la habilidad para ello: es el resultado de ponerlos en práctica de forma repetida. Practicamos la habilidad, retenemos la información y la repetimos; cuanto más repetimos, más experiencia acumulamos y mejores resultados obtenemos.
La experiencia no es cuestión de años. Es cuestión de repeticiones.
Un ejemplo que lo ilustra bien: recuerdo una entrevista a un aspirante a conductor profesional de camiones. El responsable de selección no le preguntó cuándo obtuvo el carné, sino cuántos kilómetros llevaba a sus espaldas. Lo esencial para valorar su experiencia profesional no era el tiempo transcurrido, sino las repeticiones que acumulaba.
Los resultados son el centro de todo.
Los conocimientos, las habilidades con su práctica, la retención y la repetición convergen en un resultado. Y el resultado es lo que define la experiencia profesional real. Todos queremos más y mejores resultados, y por eso necesitamos repetir lo que sabemos hacer bien para ampliar conocimientos y habilidades hasta elevar el nivel.
Imaginad que al terminar una cirugía, uno de los especialistas dijera: «La operación no ha ido bien, pero nos ha servido para acumular más experiencia». Nadie lo aceptaría. La experiencia sin resultados no vale nada; los resultados sin una experiencia que los explique tampoco sostienen nada a largo plazo.
Si tienes que afrontar una entrevista de trabajo.
Si eres una persona joven sin experiencia laboral: no centres el discurso en lo que sabes o en las habilidades que tienes. Prepara argumentos para que el entrevistador entienda que tus conocimientos y habilidades darán buenos resultados si te ofrecen la oportunidad de practicar y repetir. Vende potencial con argumentos concretos.
Si tienes más recorrido profesional: no hagas hincapié en los años. Explica cuántas veces has repetido lo que haces, en qué contextos diferentes lo has aplicado y qué resultados concretos has obtenido. Los números y los ejemplos valen más que la cronología.
Lo que la neurociencia añade a todo esto.
La neurociencia del aprendizaje nos ha enseñado algo fundamental: el entorno exterior envía señales químicas a nuestros genes a través de las emociones que vivimos en cada experiencia. Dicho de otra manera, las emociones son la huella química de una experiencia vivida. Si somos conscientes de que un pensamiento es una intención, necesitamos una emoción para ponerlo en marcha. Esas emociones generan experiencia y, finalmente, resultados.
Si a los conocimientos y las habilidades les añadimos emociones derivadas de los pensamientos —el entusiasmo por aprender, la satisfacción de mejorar, el reto de superarse—, la experiencia profesional que construimos es exponencialmente más sólida. Y cuando algo se repite con esa carga emocional, acaba convirtiéndose en hábito. Y los hábitos son la forma más duradera de experiencia que existe.
Así que la próxima vez que alguien te pregunte qué has hecho, no respondas con lo que sabes. Cuéntale lo que has repetido y lo que has conseguido. Ahí está tu experiencia profesional real. Y eso, siempre, vale más.


