SLOP: El bautizo del contenido basura

Ayer, en un aula de la Universidad de Navarra, pregunté a treinta estudiantes si conocían el significado de la palabra slop. No era una pregunta trampa ni un guiño de profesor que quiere parecer moderno. Lo pregunté con curiosidad, como quien toma la temperatura de una época. Treinta miradas en blanco. Treinta rostros jóvenes, de dieciocho a veinte años, personas que han crecido con el móvil como una extensión del cuerpo y con internet como paisaje natural. Nadie supo responder. Y, sin embargo, mientras negaban con la cabeza, tuve una sensación incómoda: la palabra no les faltaba; lo que les faltaba era el nombre. Porque el fenómeno, ese sí lo conocen. Lo usan. Lo consumen. Lo sufren. Lo llevan encima.

Un término que define nuestra era

Lo que aquellos treinta estudiantes no sabían es que «slop» acababa de ser nombrada la palabra del año 2025. No por una revista de tendencias, sino por Merriam-Webster —el diccionario más antiguo de Estados Unidos— y por la American Dialect Society, donde más de trescientas personas votaron con un consenso claro: ninguna otra palabra capturaba mejor lo que estamos viviendo.

La definición es brutal en su precisión: «contenido digital de baja calidad producido en cantidad mediante inteligencia artificial». Cuatro letras para nombrar la avalancha. La elección de esta palabra dice mucho. Greg Barlow, presidente de Merriam-Webster, lo expresó sin rodeos: «slop» tiene un tono burlón, casi desafiante. Y lo más revelador: Cuando alguien dice «slop«, todos sabemos de qué habla.

«Slop» no nació en ningún diccionario. Apareció en Reddit, en X (Twitter), en foros donde la gente necesitaba urgentemente una palabra para nombrar algo nuevo. Era finales de 2023. ChatGPT ya estaba en todos lados, Midjourney al alcance de cualquiera con tarjeta de crédito, y las redes empezaban a llenarse de… ¿qué era eso exactamente? No era spam. No eran bots tradicionales. Era otra cosa.

La etimología ayuda a entender el por qué. Durante siglos, «slop» significó barro bajo los pies, desperdicios para cerdos, o literalmente agua sucia. Recuperar esa palabra —la más sucia que teníamos— para describir lo que inunda nuestras pantallas tiene algo de justicia poética. 

Que mis estudiantes desconocieran el término mientras nadaban en él revela algo perturbador: hemos normalizado la contaminación. Como respirar “smog” sin saber que hay una palabra para ese aire sucio.

Por qué el slop importa (y mucho)

Sería fácil pensar que el “slop” es solo mal gusto digital, algo que cada uno puede ignorar con un “scroll”. Pero va mucho más allá. Estamos ante algo que está cambiando nuestra relación con la información, la creatividad y la verdad.

El problema no es la falsedad —con las mentiras sabemos lidiar— sino la mediocridad masiva. El “slop” es suficientemente correcto para parecer válido, suficientemente abundante para ahogar lo fiable, y suficientemente barato para ser imparable. Es contaminación en su sentido más literal: no destruye el medio, lo envenena lentamente.

Mis estudiantes de veinte años crecieron en un ecosistema ya saturado. Para ellos, la simulación es la normalidad. No conocieron un internet sin contenido generado en masa, sin optimización algorítmica, sin esa capa viscosa de mediocridad cubriendo todo. Su capacidad de discernimiento no se erosionó. Nunca llegó a formarse del todo.

Y esto importa. El criterio crítico es vital para la sociedad, para tomar decisiones, para la supervivencia intelectual básica. Si normalizamos el “slop” como paisaje cotidiano, renunciamos colectivamente a la exigencia, a la profundidad, a distinguir lo bien hecho de lo mal hecho. 

También se atrofia el criterio. Y aquí es donde me preocupa especialmente el escenario de los estudiantes. El criterio es un músculo que se entrena. Se aprende comparando, exponiéndose a lo bueno, reconociendo matices, desarrollando sensibilidad. Si tu dieta es un flujo constante de mediocridad brillante —esa que suena bien, que parece correcta e imita lo serio— pierdes sensibilidad.

Pero seamos honestos: no todo contenido generado por IA es “slop”, y no todo “slop” viene de la IA. Hay herramientas que ayudan de verdad, que ahorran tiempo, amplían capacidades, sirven para investigar, aprender, escribir mejor o descubrir patrones. 

El futuro que estamos construyendo (sin darnos cuenta)

La pregunta incómoda es inevitable: ¿es la IA el problema o somos nosotros? La IA generativa, como cualquier herramienta, es neutra hasta que alguien decide cómo usarla.

El “slop” no existe porque la IA sea malvada. Existe porque construimos sistemas que incentivan su producción masiva. Valoramos las métricas engagement sobre la calidad. Premiamos el volumen sobre la profundidad. Diseñamos algoritmos que recompensan la mediocridad viral y castigan la excelencia de nicho. Dejamos que la economía de la atención dicte qué se produce y qué se consume.

La Inteligencia Artificial solo hace eficiente lo que ya queríamos: producir más, más rápido, más barato. Si el resultado es basura, no es porque la máquina sea “tonta”. Es porque nuestros objetivos están mal enfocados. La tecnología nos da exactamente lo que le pedimos. El problema es que le pedimos las cosas equivocadas.

El escenario esperanzador (si actuamos)

Pero no todo tiene que ser distópico. La historia está llena de momentos donde parecía que algo destruiría la sociedad y al final nos adaptamos, regulamos, encontramos equilibrios. Quizá estamos ante el nacimiento de una nueva alfabetización: aprender a vivir en un ecosistema contaminado sin intoxicarse. Igual que la imprenta forzó la lectura masiva, el “slop” podría forzar el pensamiento crítico digital. Un futuro más desconfiado, sí. Pero quizá más lúcido.

Podríamos ver el resurgimiento del valor de la certificación humana. Sellos de «creado por personas reales». Plataformas que garantizan la autoría. Movimientos que rechazan el “slop” y pagan premium por lo genuino. Como el «slow food» en gastronomía, un «slow content» en cultura digital.

Y, quizás —solo quizás— la saturación total de “slop” provoque una reacción cultural.  Un momento colectivo de «basta ya» donde las plataformas se vean forzadas a filtrar, las audiencias exijan calidad, y los reguladores impongan límites

No es pesimismo ni optimismo. Es realismo: el futuro no está escrito, pero se está escribiendo ahora mismo. Cada pieza de “slop” que consumimos sin cuestionar, cada creador humano que abandona porque ya no puede competir, cada estudiante que crece sin saber que existe alternativa, es un voto implícito por un mundo que no queremos.

La IA no nos está haciendo esto. Nos lo hacemos nosotros, con la IA como cómplice. Al final, lo más inquietante del “slop” no es que exista. Es que nos acostumbremos. 

Quizá mis estudiantes no conocían la palabra “slop” porque todavía no han necesitado nombrarla. Quizá para ellos es simplemente “internet”. Y eso, precisamente, es lo que debería inquietarnos. Porque una generación que crece sin nombre para el ruido, corre el riesgo de confundir el ruido con la música.Pero no quiero terminar con miedo. El miedo paraliza y nos vuelve presa fácil de soluciones simplistas. Hay un escenario esperanzador, y pasa por algo menos épico pero más real: cultura, hábitos, educación, reacción.

 

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