Volver a ser alumno a los 52.

El día que decidí desaprender.

A los 52 me senté otra vez al otro lado del aula.
Esto es lo que la neurociencia me enseñó sobre aprender, cambiar y no convertirme en alguien que solo repite lo que ya sabe.

 

Hay una imagen que jamás pensé protagonizar a mi edad: la de mí mismo, a las doce de la noche, con los apuntes subrayados en fosforescente y pausando el vídeo de una clase porque no he entendido un concepto a la primera.

Llevo media vida de pie, frente a auditorios repletos y aulas universitarias. Mi trabajo consiste en saber, en explicar, en desarmar lo complejo para que otros lo entiendan.
Y, sin embargo, ahí estaba yo. En el otro lado. Sentado. Callado.
Alumno otra vez. A los 52 años.

No voy a ponerme la medalla de la falsa modestia: al principio no fue cómodo ni sencillo. La primera sensación no fue una oleada de ilusión; fue un vértigo molesto. Esa voz interior, tan educada pero tan tramposa, que te susurra al oído: “¿A estas alturas, Lluís?, ¿No estás ya un poco mayor para empezar de cero?”.
Es una voz convincente, con argumentos que huelen a sentido común.
Pero casi siempre miente.

El peligro de servir “platos recalentados”.

Empecé hace un año un doble máster en Neurociencia y Neurotalento en la Universidad de Burgos por una razón que me costó admitir en voz alta: tenía pánico a convertirme en un robot que solo repite lo que ya sabe.

En el mundo de las conferencias y la formación, este es un riesgo real y silencioso. Hablas tantas veces de liderazgo, de gestión del cambio y de talento, que las ideas se te quedan lisas de tanto pasarlas por la lengua. Se vuelven cómodas. Perfectas. Muertas.
Un día te miras al espejo y descubres que llevas años sirviendo el mismo plato recalentado, aderezado con estilo, conocimientos y una buena sonrisa.

No quería eso para mi comunidad ni para mí. Quería el incordio honesto de un concepto que se me resiste. Quería la frustración de leer un párrafo tres veces y la pequeña descarga de dopamina cuando, por fin, todo encaja.

Quería sentir en mi propia piel lo que le exijo cada día a las personas que formo: que se expongan, que duden, que crezcan. 
Predicar el aprendizaje desde la comodidad del que ya no aprende me parecía, sencillamente, una impostura.

La ciencia me dio la razón.

Y entonces ocurrió algo maravilloso. La misma ciencia que devoraba en los libros empezó a rebatir esa voz gris que me decía que ya era tarde.

Durante décadas nos han vendido el mito de que el cerebro adulto es una estructura terminada; una casa con paredes maestras inamovibles.
Mentira.
La neuroplasticidad, -la capacidad del cerebro de reorganizar sus conexiones a lo largo de toda la vida- no se apaga con los cumpleaños. Cambia de ritmo, sí, pero no se detiene.

El temario lo dice sin filtros, y leerlo fue casi terapéutico: el cerebro adulto se adapta reorganizando las redes que ya tiene y fortaleciendo sus conexiones mediante la potenciación a largo plazo.

Cada vez que me peleo con un concepto a medianoche, no pierdo el tiempo. Esculpo, sinapsis a sinapsis, un cerebro distinto al que tenía ayer.

La ventaja de los 52. 
Un niño es una esponja prodigiosa, va rápido. Yo voy más lento, necesito más repeticiones y más cabezonería. Pero tengo algo que el niño no tiene: una red densísima de experiencias. No aprendo en un solar vacío; construyo sobre los cimientos de treinta años de oficio, errores y lecturas. Cada concepto nuevo encuentra a qué agarrarse. Lo que pierdo en velocidad, lo gano en profundidad. La experiencia no es un lastre; es el andamio.

Del laboratorio al escenario.

Lo que más me ha volado la cabeza es lo poco abstracto que ha resultado todo. Esperaba teoría fría de laboratorio y me encontré con herramientas directas para transformar mi día a día profesional.

Neuromanagement: Liderar y gestionar equipos entendiendo qué le pasa exactamente por dentro a la persona que tienes delante.
Toma de decisiones: Comprender cómo el sistema límbico y el córtex prefrontal -lo emocional y lo racional, que se entrelazan más de lo que solemos creer- intervienen en cada elección.
Neuroética: El recordatorio incómodo de que saber cómo funciona la mente ajena impone una responsabilidad gigantesca.

Esto ha cambiado por completo mi forma de dar una conferencia o de impartir una clase en la universidad. Ahora, cuando hablo de cambiar hábitos en una organización, sé lo que cuesta físicamente reescribir un circuito neuronal.
La neurociencia ha dejado de ser un catálogo de palabras elegantes
-cortisol, amígdala, sinapsis– para convertirse en algo que me ocurre por dentro mientras lo comparto.

Lo que de verdad me llevo.

Si me preguntas qué me llevo de este año de estudio, te diría que el título es lo de menos. Lo importante es el estado en el que me quedo y que evoluciona constantemente.

Volver a ser alumno me ha devuelto una humildad que el éxito profesional a veces anestesia. Cuando te acostumbras a ser el que tiene las respuestas, se te olvida la vulnerabilidad de no entender. Y esa sensación es oro puro. Es el único territorio donde ocurre el crecimiento real.

Me ha hecho mejor profesor por la vía más inesperada: volviendo a sufrir en la silla del estudiante. Ahora, cuando veo dudar a alguien en mis sesiones, no lo miro desde arriba. Lo miro desde dentro. Sé exactamente dónde está, porque yo estuve ahí la noche anterior con un PDF flotando en la pantalla.

Y ahí está, creo, lo que de verdad me llevo a cada escenario y a cada empresa: entender cómo funciona un cerebro no sirve de gran cosa si no se traduce en cuidar mejor a las personas que lo habitan.
Es la idea que lo atraviesa todo. Cuando alguien se siente visto, retado y acompañado, aprende, lidera y rinde de otra manera. Lo he vuelto a comprobar este año, esta vez desde mi propia silla.

Envejecer no es endurecerse. El cerebro que deja de aprender no es viejo por los años que tiene; es viejo porque ha decidido dejar de cambiar. Y gracias a lo que he estudiado, ahora sé con certeza que eso es una elección, no una condena.

Así que aquí sigo. A mis 52, con la pantalla encendida, fabricando sinapsis nuevas a deshoras. Y te confieso algo: nunca me he sentido más joven.
 

No estudié neurociencia para saber más. Estudié para seguir siendo alguien capaz de cambiar.

 

 Una serie de 6 artículos.

Este es el primero de una serie de 6 artículos en la que analizo cómo la neurociencia puede transformar tu liderazgo y tu gestión del talento. Este es el mapa del viaje:

  1. Volver a ser alumno a los 52 · estás aquí.
  2. Decidir con el cerebro que tengo. 
  3. Liderar personas, no funciones.
  4. Cuidar el cerebro es cuidar el talento.
  5. De dónde salen las ideas.
  6. Saber cómo funciona un cerebro obliga a algo.

 


Autor: Lluís Serra

Lluís Serra es conferenciante, formador y estratega especializado en neurociencia aplicada al desarrollo de personas, el liderazgo y la gestión del talento. Es también profesor universitario y coach ejecutivo, y escribe sobre todo ello en www.lluisserra.com y LinkedIn

 

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