Decidir con el cerebro que tengo.

SERIE · NEUROCIENCIA Y TALENTO   02 / 06

Decidir con el cerebro que tengo.

“Decide con la cabeza, no con el corazón.” Es la frase más repetida sobre tomar decisiones. Y es, neurológicamente, falsa.

Hubo una noche, hace ya unos años, en la que no pegué ojo por culpa de una decisión. No te diré cuál era; al final, todos tenemos la nuestra. Hablo de esa típica bifurcación en la vida donde un camino te parece el prudente y el otro, simplemente, da miedo. Recuerdo mirar fijamente el techo de la habitación a las cuatro de la madrugada, sintiendo un nudo casi físico en el estómago. Y recuerdo, por encima de todo, repetir mentalmente una frase que usaba como un mantra: “Lluís, decide con la cabeza, no con el corazón”.

Hoy sé que esa frase, tan elegante y tan de manual clásico de autoayuda, es neurológicamente falsa. Y descubrirlo, como ya te conté en mi reciente vuelta a las aulas a los 52 años, ha sido una de las cosas que más ha cambiado la forma en que me entiendo a mí mismo. Esto va, en el fondo, sobre la neurociencia de la toma de decisiones: sobre lo que de verdad ocurre ahí dentro cada vez que elegimos.

La gran mentira de “pensar en frío”.

Durante siglos nos han vendido el cuento de que la buena decisión es estrictamente racional. Fría, limpia de cualquier emoción, aséptica como un quirófano.

Nos dijeron que las emociones nos contaminan, distorsionan la realidad y nos hacen débiles. Que el ideal sería decidir como una máquina perfecta: introducimos los datos, sacamos la conclusión y actuamos sin temblar.

Es una historia idílica, pero es mentira. Y no lo digo porque suene mal, sino porque nuestro cerebro, pura y llanamente, no funciona así.

No existe un “órgano de la razón” peleándose a puñetazos por el volante con un “órgano del sentimiento”. Hay sistemas distintos trabajando en equipo, y cuando uno de ellos se apaga, no es que decidamos mejor: es que no decidimos. En absoluto.

La guerra silenciosa a las 4 de la madrugada.

Esa noche en vela, sin yo ser consciente de ello, tenía a dos cerebros conversando a distintas velocidades.

El cerebro rápido – visceral · sistema límbico. Su estrella es la amígdala, la centinela que reacciona en milésimas de segundo ante todo lo que huele a amenaza o recompensa. Aquel nudo en el estómago no era debilidad: era información. A su lado, el hipocampo rebuscaba en mis recuerdos para susurrarme: “ojo, que algo parecido ya nos salió mal una vez”.

El cerebro lento – deliberado · córtex prefrontal. Nuestro “centro de mando”. De él dependen la planificación, el razonamiento y la capacidad de frenar un impulso. Mientras la amígdala grita “¡huye!”, este cerebro se sienta despacio a imaginar escenarios y a recordarme quién quiero ser dentro de diez años, no solo qué quiero sentir en los próximos diez minutos.

Pero el detalle que me dejó boquiabierto en el máster que estoy estudiando fue este: dentro de ese centro de mando hay un puente llamado córtex prefrontal ventromedial. Su trabajo no es apagar la emoción, sino integrarla. Toma la señal emocional -el miedo, la ilusión, el reparo- y la convierte en criterio y en valor.

El neurólogo Antonio Damasio lo documentó con sus pacientes, y los estudios posteriores lo han confirmado: las personas con esta región dañada conservan intacta su inteligencia, su lógica y su capacidad de argumentar. Sin embargo, son incapaces de tomar la decisión más simple. Pueden enumerarte durante una hora los pros y los contras de elegir un restaurante, pero no llegan a elegirlo. ¿Por qué? Porque sin emoción ninguna opción pesa más que otra; todo da igual. Y cuando todo da igual, te quedas paralizado para siempre frente al techo a las cuatro de la madrugada.

Las emociones no son el enemigo de las buenas decisiones; son el material con el que se construyen.

La química de elegir “lo de siempre”.

Estudiar neurociencia también me explicó por qué a veces tropiezo con la misma piedra. El cerebro tiene unos circuitos de recompensa, inundados de dopamina, que refuerzan lo que en el pasado salió bien para empujarme a repetirlo.

Es un mecanismo brillante para sobrevivir, pero es la misma razón por la que tantas veces elegimos lo conocido aunque ya no nos sirva.

Lo seguro nos tira con una fuerza química brutal. La opción prudente no solo parece sensata, sino que sienta bien porque el cerebro la tiene asociada a una recompensa fiable. Por eso cuesta tanto soltar un trabajo que se nos ha quedado pequeño, una rutina o una relación profesional gastada. No es que seamos cobardes; es que llevamos dentro un sistema diseñado para premiar la repetición.

Saber esto no me quita el “tirón”, pero me ha enseñado a hablarle a mi propia química: “Ah, eres tú otra vez, dopamina, vendiéndome lo de siempre como si fuera lo mejor”.

A esto súmale las trampas del cerebro para ir más rápido: los sesgos cognitivos, esos atajos mentales que simplifican el mundo a costa de deformarlo. A mí el que más me persigue es el sesgo de confirmación: la tendencia a buscar solo la información que confirma lo que ya quería hacer. Cuántas veces me habré creído superracional, sopesando datos con gesto serio, cuando en realidad ya había decidido en secreto y solo estaba reuniendo coartadas.

Cómo decido ahora.

No te voy a vender que ahora decido bien siempre ni que he dejado de tener noches de mirar el techo. Pero he cambiado el método, y el cambio nace entero de entender qué pasa ahí dentro.

Ya no intento silenciar la emoción para “pensar con claridad”. Al revés: la escucho como lo que es, un informe. Le pregunto al nudo de mi estómago qué intenta decirme. Y después le doy tiempo al córtex prefrontal para hacer su trabajo lento, que es justo lo que la prisa le impide.

Cómo tomar mejores decisiones, en tres pasos:

  1. Le pongo nombre a la emoción, porque el simple hecho de nombrarla ya le baja el volumen a la amígdala.
  2. Me concedo una noche, para que el centro de mando recupere el control del impulso. Casi todas mis peores decisiones las tomé deprisa, con la amígdala al mando, confundiendo urgencia con importancia.
  3. Busco a conciencia el argumento que me incomoda, el que contradice lo que ya quería hacer: la única vacuna que conozco contra el sesgo de confirmación.

No es magia. Es darle a cada parte de mi cerebro el papel que sabe hacer, en lugar de pedirle a la razón que gane una guerra que nunca fue una guerra.

El factor crítico: el estrés y el cansancio

Hay un último matiz que aprendí casi al final y que lo cambia todo: nada de esto funciona si decido agotado. Porque bajo estrés y falta de sueño, el cortisol secuestra el centro de mando y le devuelve el volante a la amígdala.

Traducido: cansado, decido peor, y encima me creo muy lúcido. Por eso he aprendido a no tomar decisiones importantes en mis peores horas.

Cuidar el cerebro no es un lujo de bienestar corporativo; es la condición previa para poder pensar. Pero esa es otra historia, y merece su propio artículo.

Aquella noche de insomnio, finalmente, decidí. No con la cabeza fría. No con el corazón caliente. Lo hice con los dos a la vez, conversando por fin, en lugar de gritándose.

Ya no decido con la cabeza ni con el corazón. Decido con todo el cerebro. Y he dejado de pelearme con la mitad de mí.

Artículo 2 de una serie de 6

Este es el segundo de una serie sobre cómo aplicar la neurociencia a nuestro talento y nuestras decisiones. Este es el mapa del viaje:

  1. Volver a ser alumno a los 52.
  2. Decidir con el cerebro que tengo · estás aquí.
  3. Liderar personas, no funciones.
  4. Cuidar el cerebro es cuidar el talento.
  5. De dónde salen las ideas.
  6. Saber cómo funciona un cerebro obliga a algo.

Autor: Lluís Serra.

Lluís Serra es conferenciante, formador y estratega especializado en neurociencia aplicada al desarrollo de personas, el liderazgo y la gestión del talento. Es también profesor universitario y coach ejecutivo, y escribe sobre todo ello en www.lluisserra.com y LinkedIn

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