De dónde salen las ideas

Neurociencia de la creatividad: Lluís Serra sobre de dónde salen las ideas

Serie · Neurociencia y talento 05 / 06

De dónde salen las ideas

La mejor idea no llega nunca delante del ordenador, sino en la ducha. Ese «fenómeno de la ducha» no tiene nada de casual: tiene anatomía. La neurociencia de la creatividad.

La mejor idea para una conferencia no se me ha ocurrido nunca sentado delante del ordenador. Llega de golpe en la ducha. O en mitad de un paseo. O conduciendo por la autopista sin pensar en nada, justo en el instante en que dejo de buscarla. Por el contrario, las horas que paso frente a la pantalla en blanco, exigiéndole a la inspiración que baje de una vez, suelen terminar en una tremenda frustración y en una pestaña de YouTube abierta a traición.

Durante años viví esto como un misterio caprichoso, casi como una superstición: la musa viene cuando le da la gana. Hasta que volví a ser alumno a los 52 años y la neurociencia me explicó de dónde salen exactamente las ideas. Eso es, en el fondo, la neurociencia de la creatividad: pura anatomía, sin quitarle un gramo de magia.
Y resulta que ese famoso «fenómeno de la ducha» no tiene absolutamente nada de casual. Tiene anatomía.

La creatividad no es un chispazo, es un baile

Lo primero que se me cayó al suelo fue el mito del hemisferio creativo y del instante mágico de inspiración. La creatividad no vive en una única región del cerebro ni ocurre en un chispazo. Es, en realidad, una coreografía perfecta de varias redes neuronales que se van turnando. Y entender quién baila y cuándo lo hace te cambia por completo el enfoque.

 

La soñadora.
Red de Modo Predeterminado.

La protagonista del «momento ducha». Se enciende precisamente cuando no estás concentrado en ninguna tarea: cuando sueñas despierto, divagas o dejas la mente suelta. Es la fábrica del pensamiento divergente, capaz de generar ideas a borbotones y conectar conceptos lejanos. Por eso las ideas llegan caminando y no apretando los dientes: como conté en otro artículo, cuidar el cerebro pasa por moverse, y aquí encaja la pieza que faltaba: el paseo no te distrae de la idea, es la cocina donde se prepara.

La crítica.

Red Ejecutiva Central.

Una idea en bruto no sirve de nada si nadie la examina. Esta es la red del análisis, la planificación y el criterio. Coge el montón de ocurrencias que ha soltado la soñadora, separa el oro de la morralla, descarta, pule y convierte una chispa en un proyecto viable. Es imprescindible: sin ella, te quedas en un torrente de genialidades que nunca aterrizan.

El interruptor.

Red de Saliencia.

Discretísima, pero decisiva. Hace de puente entre las otras dos. Detecta qué idea de todas las que burbujean merece la pena y le pasa el testigo a la red crítica para que la trabaje. Es la que decide cuándo dejas de soñar y cuándo empiezas a evaluar.

Por qué se bloquea la creatividad: acelerar y frenar a la vez.

Aquí encontré la revelación más brutal y útil de todo mi máster. Esas dos redes —la soñadora y la crítica— no pueden estar encendidas a la vez con la misma intensidad. Cuando una manda, la otra baja el volumen por pura supervivencia biológica.

Y entonces entendí mis malditos bloqueos. El bloqueo creativo casi nunca es falta de ideas. Es «la crítica» presentándose demasiado pronto a la fiesta, colándose en plena fase de generación para juzgar ocurrencias que aún no han terminado de nacer. Es esa vocecita tóxica que te susurra: «esto es una tontería», «esto ya está muy visto», «esto no va a funcionar»… y mata la idea en la cuna.

Querer crear y evaluar al mismo tiempo es como pisar el acelerador y el freno a la vez: el motor ruge, te agotas, pero el coche no se mueve.

La buena noticia es que esto se puede gestionar gestionando los tiempos. Primero, hay que soltar sin juzgar todo lo que salga, por absurdo que parezca. Y después —solo después— te pones el sombrero crítico y eliges. No mezcles nunca las dos fases. Esa es, en una sola frase, la técnica definitiva.

La química del atrevimiento (y el miedo al fracaso).

Existe otra capa, la de nuestro estado de ánimo, que explica por qué hay días que fluyo y otros en los que tengo el cerebro de puro cemento.

  • Dopamina. Es la hormona del placer y la novedad; mantiene la mente abierta y flexible. Es el combustible del pensamiento divergente.
  • Serotonina. Nos aporta la calma. Y la calma no es un detalle menor, porque es imposible crear con miedo. Un cerebro asustado por el juicio o el fracaso se encierra, se vuelve conservador y repite lo seguro. Solo desde cierta serenidad nos atrevemos a proponer una idea arriesgada.
  • Norepinefrina. Es nuestro estado de alerta. En dosis moderadas nos enfoca, pero en exceso dispara la ansiedad y atasca por completo la máquina. Demasiada presión jamás produce genialidad; produce parálisis.

Es decir, lo que sentimos importa tanto como lo que pensamos. El estrés crónico, el viejo enemigo de esta serie, arrasa con las ideas.

Crear, dejar crear y el poder de la diversidad.

Todo esto ha dinamitado la forma en que trabajo conmigo mismo y cómo entiendo a mis equipos.

A nivel personal, he aprendido a respetar mis dos fases. Cuando toca generar, anoto cualquier disparate sin censura. Y, sobre todo, he dejado de sentirme culpable por dar paseos largos, por alargar la ducha o por quedarme embobado mirando por la ventana. Ahora sé que ahí está trabajando mi mejor red neuronal, justo la que el escritorio asfixia.

Con los equipos, esto enlaza con lo que escribí hace unos días: liderar es crear las condiciones óptimas en el cerebro ajeno. A la creatividad no se la puede invocar por decreto ni exigir a gritos. Se consigue construyendo un espacio de seguridad psicológica donde la gente no tenga miedo a decir una tontería. Porque el miedo enciende la norepinefrina, activa al «crítico» y apaga automáticamente la red que sueña. Proteger esa seguridad no es buenismo corporativo; es neuroquímica aplicada.

Dos apuntes finales para la mochila:

  • El poder de la incubación. Cuando un problema se te resista, lo más eficaz no es insistir hasta sangrar, sino soltarlo. Dejarlo reposar mientras duermes o haces otra cosa permite que tu red soñadora trabaje en segundo plano y te devuelva la solución cuando menos la esperas. No es pereza; es dejar cocer a fuego lento.
  • El multiplicador de la diversidad. La creatividad explota cuando mezclamos talentos. Cuanto más distintos son los cerebros que se juntan (en formación, en experiencia o en forma de mirar el mundo), más lejanas son las conexiones que tienden entre ellos y más originales serán las ideas. Un equipo de personas clónicas que piensan igual es, neurológicamente hablando, un equipo muy limitado.

Volviendo a esa idea genial que me asalta entre el champú y el agua caliente: ya no la espero como si fuera un milagro. Sé cómo invitarla a pasar. Le doy a mi cerebro tiempo de barbecho, lo muevo, lo calmo y encierro bajo llave al «crítico» hasta que la idea ha nacido.

Las mejores ideas no llegan cuando las persigo. Llegan cuando dejo de perseguirlas y le doy permiso a mi cerebro para soñar despierto.

Artículo 5 de una serie de 6

Este es el quinto de una serie sobre cómo la neurociencia transforma nuestro liderazgo y nuestra creatividad. Prepárate para el gran cierre en el próximo. Este es el mapa del viaje:

  1. Volver a ser alumno a los 52
  2. Decidir con el cerebro que tengo
  3. Liderar personas, no funciones
  4. Cuidar el cerebro es cuidar el talento
  5. De dónde salen las ideas · estás aquí
  6. Saber cómo funciona un cerebro obliga a algo

Autor: Lluís Serra.

Lluís Serra es conferenciante, formador y estratega especializado en neurociencia aplicada al desarrollo de personas, el liderazgo y la gestión del talento. Es también profesor universitario y coach ejecutivo, y escribe sobre todo ello en www.lluisserra.com y LinkedIn

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