Saber cómo funciona un cerebro obliga a algo

Neuroética: Lluís Serra sobre influir o manipular

Serie · Neurociencia y talento 06 / 06

Saber cómo funciona un cerebro obliga a algo

El límite entre influir y manipular. Cuando aprendes los resortes de la mente ajena, la pregunta deja de ser qué puedes hacer y pasa a ser qué debes hacer.


Hubo un momento, ya en la recta final del máster, en el que me invadió una sensación profundamente incómoda. Llevaba semanas aprendiendo qué botón exacto enciende la motivación, cómo la emoción decide por nosotros antes de que la razón se entere, qué hace que una idea se grabe a fuego en la memoria y por qué, en el fondo, decimos que sí.

Y un día caí en la cuenta de algo escalofriante: todo aquello que estaba aprendiendo era, en realidad, un juego de palancas. Palancas biológicas que se pueden accionar en la cabeza de otra persona. Y, a veces, sin que esa persona ni siquiera lo note. Ahí, sin saberlo, estaba tropezando con la neuroética.

Me he dedicado media vida a comunicar, a formar líderes y a persuadir desde un escenario. Así que la pregunta me golpeó directamente al pecho: si ahora conozco los resortes ocultos de la mente ajena, ¿qué me impide manejarlos a mi favor?. La neurociencia me había dado el poder, pero faltaba algo que me dijera qué hacer con él. Ese “algo” tiene nombre, y es la última gran pieza que me faltaba tras volver a ser alumno a los 52 años: la neuroética.

La pregunta que lo cambia todo.

La neuroética no se pregunta qué puede hacer la neurociencia; se pregunta qué debe hacer. Es la disciplina que pone un freno reflexivo justo en el punto donde el conocimiento se vuelve capacidad de intervenir en lo más íntimo que poseemos: nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestras decisiones.

Y no hablo de un futuro lejano de ciencia ficción, sino de algo absolutamente cotidiano. Cada técnica que he nombrado en los artículos anteriores de esta serie tiene un reverso oscuro:

El mismo conocimiento que sirve para ayudar, sirve para manipular. Lo único que cambia es la intención.

Neuroética: la delgada línea entre influir y manipular.

Esa es, para mí, la frontera moral más importante de todo este viaje, y me la he tenido que dibujar a mí mismo con rotulador permanente. Influir y manipular no son lo mismo, aunque a menudo utilicen mecanismos muy parecidos.

Influir:

Respeta al otro.

Le doy razones, le muestro una realidad y dejo que su propia mente decida libremente, con toda la información sobre la mesa.

Manipular:

Esquiva al otro.

Aprovecho sus sesgos cognitivos, disparo su amígdala o exploto un atajo mental para arrancarle una respuesta que no habría dado si hubiera visto la situación con claridad.

La diferencia no radica en la técnica, sino en si la persona conserva, o no, su capacidad de elegir libremente. La neuroética llama a esto autonomía, y la coloca en el centro de todo.

Junto a la autonomía, hay dos principios que para cualquier comunicador o líder deberían ser sagrados: la transparencia y el consentimiento. Persuadir a cara descubierta, con argumentos que el otro puede examinar de frente, es legítimo. Operar por debajo de su nivel de conciencia, accionando palancas invisibles, no lo es. Por eso decidí dónde está mi raya: puedo emocionar y puedo convencer, pero no quiero ganar jamás un “sí” que la persona lamentaría si entendiera cómo se lo saqué.

El mismo conocimiento que sirve para ayudar, sirve para manipular. Lo único que cambia es la intención.

Privacidad mental y “cerebros de segunda”.

Hay una preocupación en la neuroética que me parece de las más profundas: la privacidad mental.

Siempre hemos dado por sentado que, pase lo que pase fuera, dentro de nuestra cabeza somos libres; que el pensamiento es nuestro último refugio inviolable. Pero la neurotecnología avanza a pasos agigantados hacia la posibilidad de leer e interpretar estados mentales internos, abriendo un debate que hasta hace nada era impensable: ¿quién tiene derecho a asomarse a lo que pasa dentro de una mente?

Nuestros datos de navegación ya se compran y se venden al mejor postor. Imagina por un momento que lo que estuviera en venta fueran nuestras emociones, intenciones o miedos, capturados directamente de la fuente. La intimidad del pensamiento es, quizá, la última que nos queda, y conviene defenderla con uñas y dientes antes de perderla, no lamentarse después.

A esto se suma otra dimensión crítica: la justicia social. Si la neurociencia logra mejorar artificialmente la memoria, la concentración o el estado de ánimo, ¿quién tendrá acceso a esas mejoras?.
El riesgo es evidente: que las ventajas cognitivas se conviertan en un privilegio exclusivo de quien pueda pagarlas, trasladando la brecha económica y social al propio cerebro. Una humanidad partida en dos: los que pueden optimizar su mente y los que no. La neuroética insiste en que los beneficios de este conocimiento deben llegar a toda la sociedad, no agrandar las desigualdades que ya arrastramos. No es un detalle técnico, sino más bien decidir qué clase de futuro queremos construir.

Neuromarketing: cuando el conocimiento es asimétrico.

Conviene bajar todo esto del laboratorio a la calle, porque, de hecho, ya está en la calle. El neuromarketing (el estudio de cómo reacciona el cerebro del consumidor para venderle mejor) no es una hipótesis de futuro; es una industria multimillonaria del presente.

Existen marcas que diseñan colores, sonidos, precios y mensajes milimétricamente calibrados para activar nuestros circuitos de recompensa y sortear nuestras defensas racionales. No es ilegal, y mucho de ello ni siquiera es reprobable, pero marca una asimetría inquietante: quien conoce el cerebro tiene una ventaja injusta sobre quien solo lo habita.

El problema de fondo es el de siempre: la tecnología avanza siempre más rápido que las leyes que deberían regularla. Para cuando una norma entiende una técnica, ya se han inventado tres nuevas. Por eso la neuroética insiste en la responsabilidad individual y corporativa. No basta con confiar en la buena voluntad; hacen falta reglas claras y, mientras llegan, hace falta que quienes manejamos estas palancas nos autoimpongamos nuestros propios límites éticos antes de que ocurra el daño.

Lo que me llevo de volver a ser alumno.

De toda esta serie de artículos, esta es la pieza que más me ha transformado por dentro, porque no añade una herramienta más a mi maletín: le pone condiciones a todas las demás.

Aquello que conté sobre cómo un líder moldea el cerebro de su equipo solo es admirable si ese poder se usa para hacer crecer a las personas, no para someterlas. Saber motivar, persuadir o crear las condiciones óptimas en otra mente es algo luminoso o peligroso dependiendo exclusivamente de en qué manos caiga y con qué intención se utilice.

Por eso he salido de este doble máster con mucha menos arrogancia de la que entré. Conocer el cerebro a mis 52 años no me convierte en alguien con derecho a manejarlo. Me convierte en alguien con la responsabilidad absoluta de no hacerlo. El conocimiento, cuanto más poderoso es, más te obliga.

La neurociencia me ha enseñado a abrir cerebros. La neuroética me ha enseñado a no entrar nunca sin pedir permiso.

Fin de la serie · 6 de 6

Y así cerramos este viaje. Gracias por acompañarme en esta aventura de desaprender para volver a aprender. Aquí tienes la serie completa:

  1. Volver a ser alumno a los 52
  2. Decidir con el cerebro que tengo
  3. Liderar personas, no funciones
  4. Cuidar el cerebro es cuidar el talento
  5. De dónde salen las ideas
  6. Saber cómo funciona un cerebro obliga a algo · estás aquí

Autor: Lluís Serra.

Lluís Serra es conferenciante, formador y estratega especializado en neurociencia aplicada al desarrollo de personas, el liderazgo y la gestión del talento. Es también profesor universitario y coach ejecutivo, y escribe sobre todo ello en www.lluisserra.com y LinkedIn.

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